
Me encanta recorrer el mercado al lado de mamá. Particularmente soy feliz cuando llegamos a los puestos de frutas. Tantos colores, olores y sonidos son una fiesta para los sentidos, el aire se llena de nubes de colores: los cítricos, las flores, las hierbas recién cortadas, una piña que rebanan, los chiles secos y tostados, el papel maché y el corrugado, las grandes cazuelas con mole, un niño brincando entre los pasillos, la carcajada de una bella y robusta mujer que nos dá una prueba de ate de membrillo, colores aquí, colores allá, en los techos, en los puestos, en los globos y en los listones, en la mirada de mamá y en los recuerdos de nuestros corazones.
La mujer de las flores anda vestida de colores, contenta les canta pero es un poco tímida y en cuanto nos vé acercarnos se esconde. El muchacho que vende los quesos le cuenta a mamá que a dos cuadras planean abrir un supermercado pero que afortunadamente dos veces ya lo han frustrado. Nos preocupa pensar que El Monstruo se acerca cada vez más. Eventualmente podría dejarnos sin esto...



Me pone un poco triste, pero la cordura y serenidad de mamá me tranquilizan. ¿No has visto qué logran las personas unidas y organizadas? Al final caminamos de regreso a casa y me quedo deseando que El Monstruo se mantenga lejos por un buen rato y aquellos pequeños rincones abigarrados no hagan más que crecer y seguir inspirando...

La Vendedora de Frutas, Olga Costa (1951)